CAPÍTULO 7. Es tiempo de cultivarnos

El olivo… mirar un olivo nos hace brotar la gratitud.

En Santa Ana, respiramos el alma verde de los árboles, los olivos, los granados, las higueras, las palmeras…

Cada olivo es una fuente y un diminuto clima local. El olivo sana, es un fármaco prodigioso.

Las arboledas, los árboles, son el gran patrimonio de la humanidad.

Pienso en Wangari Matahay, la mujer africana ganadora del Nobel de la Paz y en su movimiento verde y los árboles de la paz.

Nuestros nuevos desafíos son la sequía, el cambio climático, la erosión del suelo…

Y, ¿por qué no plantar y plantar árboles y hacerlo con insistencia en los pueblos, en las pequeñas y grandes urbes? ¿Por qué no se vuelve ecológica toda la tierra?

En algunos pueblos de Andalucía donde hace demasiado calor, se siguen arrancando árboles y la cultura local sigue pensando que las plantas ensucian y dejan sus patios con cuatro macetitas…y venga a echar lejía…

Estoy pensando en uno de esos pueblos que frecuentaba en mi infancia y donde hoy no hay árboles grandes en la plaza principal…los han sustituido por naranjos que podan con forma de chupachups…

La plaza se ha convertido en una gran superficie desnuda de verde cuyo cemento abrasa. ya desde el mes de mayo que no hay quien la atraviese en pleno día… Se ha ganado el apodo de «el desierto del Gobi«.

Los árboles grandes que ya no están nos daban sombra y ayudaban a bajar las tremendas temperaturas estivales …

¿No os parece que el mundo está del revés? Suben las temperaturas y se arrancan árboles.

Y los que cultivamos sin agrotóxicos seguimos pagando tasas para podernos llamar «ecológicos»…

¿No sería más lógico que paguen los que contaminan para ayudar a revertir el daño?

¿No os parece que ha llegado el tiempo de cultivar un mundo mejor?

Nuestro verdadero destino es ser cuidadores y no depredadores.

 

Elena Vecino

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