Se cuenta que el escritor Philip Van Doren imaginó la conversación o el diálogo in extremis que un suicida podría tener con su ángel de la guarda, pero a las diferentes revistas a las que les envió el cuento no les interesó.
Sin embargo, no desistió de esta conmovedora historia que parecía ser una revisión inconsciente del Cuento de Navidad de Dickens. Decidió imprimir algunos ejemplares y enviarlos a sus amigos como una felicitación navideña… un conmovedor cuento navideño sobre un hombre llamado George Pratt a quien un ángel guardián le concede un último deseo que literalmente le cambia la vida.
La historia comienza en un puente de hierro mientras un abatido George se apoya en la barandilla:
—Yo que tú no haría eso —dijo una voz suave a su lado.
George se volvió con resentimiento hacia un hombrecillo al que no conocía. Era corpulento, ya entrado en años, y sus mejillas redondas brillaban rosadas por el aire invernal, como si acabaran de afeitarlas. —¿No harías qué? —preguntó George con gesto hosco.
“¿Qué estabas pensando hacer?”
“¿Cómo sabes lo que estaba pensando?”
—Oh, nos dedicamos a saber muchas cosas —dijo el desconocido con naturalidad.
El protagonista del cuento se siente fracasado y vive una vida solitaria en un pequeño pueblo. Desesperado, ruega a Dios que le permita no haber nacido nunca. Un ángel escucha su plegaria y para concederle ese deseo y mostrarle qué habría sido del mundo o su familia y amigos si él no hubiera existido…Allí, George descubre la importancia que tuvo en las vidas de los demás, sin haberse dado cuenta…
El destino de esta historia fue más afortunado de lo que parecía y la paciencia e insistencia del escritor se vieron recompensadas ya que en 1943 se publicó en libro y en 1946 se estrenó la adaptación que hizo Capra y que él mismo produjo con el nombre ¡Qué bello es vivir! con cinco nominaciones a los Oscar y reconocida como una de las 100 mejores películas de la historia del cine estadounidense.
No os perdáis esta peli, será un regalo para vuestras Navidades, y se puede disfrutar tanto en solitario como en familia.
Lo mejor de las historias navideñas es que nos recuerdan lo esencial: que la vida se va sosteniendo en lo cotidiano, en lo pequeño.
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