Nuestras primeras latitas pequeñas eran doradas.
Parecían lingotes de oro, ¡de oro líquido!
A nadie se le había ocurrido envasar aceite en latas de 250 y 500ml y ponerles etiquetas…
La idea era muy original y gustaba mucho.
Además de práctica, porque la lata mantenía mejor la calidad del zumo fresco, pesaba menos y no se rompía como el cristal.
Hasta entonces, las pocas marcas españolas de AOVE premium, se presentaban en botellas oscuras evocando al branding del made in Italy.
En la Toscana ya había pequeños productores que hacían con mucho mimo sus producciones limitadas. Muy diferentes de aquellos que tenían marcas grandes y compraban aceite español para venderlo como italiano.
Ese era otro negocio y mercado, de tamaño industrial y no artesanal.
En esa época (2008), Andalucía era el reinado del granel y del mercado anónimo, donde mandaban los brokers y el aceite como commodity. Y efectivamente la «cosa nostra» hacía su agosto.
Cuando el aceite de oliva se comercializa como producto básico en el mercado de valores, su precio se determina por la oferta y la demanda y la calidad no es muy valorada ni pagada.
Esto no genera un mercado de calidad, y ese mundo de oferta y demanda, donde sólo se medía la cantidad, estaba alejado de mi interés genuino.
Yo quería aprender a hacer el mejor aceite que mi tierra pudiera dar y que estuviera dignificado por una marca inspiradora.
La Cultivada llevaba mensajes en sus etiquetas y tarjetas que la acompañaban…
Al menos una década tuvo que pasar para que algo de todo eso se valorara.
¿Romántica o visionaria?
Aquí puedes ver una imagen de esas primeras latitas…
Elena Vecino
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